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INCIDENCIA DE LA VIOLENCIA FAMILIAR EN EL COMPORTAMIENTO ABULICO ADOLESCENTE Lic. Alicia F. Anconetani Diciembre del año 2000 Indice Variables: definiciones conceptuales
Recolección de datos: muestreo y características de
la muestra Representación y tabulación de
datos
Análisis cuantitativo y cualitativo Anexo 1: Modelo de cuestionario para los adolescentes Anexo 2: Matriz
de datos ordenados por número Anexo 3: Matriz de datos ordenados por edad Anexo 4: Matriz de datos ordenados por sexo Anexo 5: Matriz de datos ordenados por índice de violencia
conyugal Anexo 6: Matriz de datos ordenados por índice de violencia
parental Anexo 7: Matriz de datos ordenados por índice de abulia Anexo 8: Relación entre violencia conyugal y abulia Anexo 9: Relación entre violencia parental y abulia Anexo 10: Relación entre violencia conyugal y violencia
parental ·
Abstract El presente trabajo tiene como finalidad exponer
los resultados de una investigación acerca de la relación existente
entre violencia familiar -y más concretamente violencia conyugal y
violencia parental- y el comportamiento abúlico de los hijos adolescentes. La investigación fue realizada sobre una muestra
de 21 adolescentes de ambos sexos, de entre 14 y 18 años, pertenecientes
a la clase media y media alta, utilizándose un cuestionario cerrado
con preguntas de elección múltiple como instrumento de medición de
las variables involucradas. De los resultados de la investigación realizada
se desprende que existe una asociación significativa entre violencia
conyugal y abulia, puesto que se observa que: a) a medida que aumenta
la gravedad del nivel de violencia conyugal, aumentan correlativamente
los casos de abulia grave, mientras que b) a medida que aumenta la
gravedad de la violencia conyugal, disminuyen correlativamente los
casos de abulia ausente. Similares resultados fueron obtenidos a partir
de comparar los valores de la variable violencia parental y abulia
adolescente, habiendo una relación significativa entre ambas: a medida
que aumenta la gravedad de la violencia parental, en general hay también
un aumento de la gravedad de la sintomatología abúlica en los hijos
adolescentes. Palabras
clave: Violencia familiar - Violencia conyugal - Violencia parental
- Abulia "El problema está entre nosotros. Se resiste a salir a la luz, aunque lentamente
comienzan a correrse las gruesas cortinas de los mitos y los prejuicios
que lo ocultan"[1]. El párrafo anterior hace referencia a la violencia
familiar, y la presente tesina intenta contribuir a la toma de conciencia
del problema mostrando su incidencia sobre el comportamiento de los
hijos. Los objetivos generales de la presente tesina
consisten en realizar una investigación y exponer sus resultados,
acerca de la relación existente entre violencia familiar -y más concretamente
violencia conyugal y violencia parental- y el comportamiento abúlicos
de los hijos adolescentes. Esta investigación es una ampliación de la realizada
en la monografía, donde se incluía únicamente la investigación de
la relación entre violencia conyugal y comportamiento abúlico de los
hijos adolescentes. La violencia conyugal y la violencia parental
constituyen dos importantes dimensiones de una variable más general,
que es la violencia familiar. Comenzaré el trabajo haciendo referencia a las
conceptualizaciones teóricas que utilizaré como marco de referencia
para la investigación. Primero
me referiré a la violencia familiar, y luego a la abulia. Violencia
familiar Tratar de delimitar un campo de trabajo dentro
de la problemática de la violencia familiar no es tarea fácil. Como toda delimitación, tiene algo de arbitrario
y brinda posibilidades y limitaciones. Discutir el grave problema de la violencia familiar
requiere preliminarmente de algunas definiciones básicas, que permitan
dar cuenta del fenómeno desde una perspectiva cultural, social, institucional
e interpersonal.[2] La raíz etimológica del término violencia remite
al concepto de fuerza. El
sustantivo violencia se corresponde con verbos tales como violentar,
violar, forzar. A partir de esta primera aproximación semántica,
podemos decir que la violencia implica siempre el uso de la fuerza
para producir un daño. En
un sentido amplio, puede hablarse de violencia política, de violencia
económica, de violencia social, etc.
En todos lo casos, el uso de la fuerza nos remite al concepto
de poder. En sus múltiples manifestaciones, la violencia
siempre es una forma de ejercicio del poder, mediante el empleo de
la fuerza (ya sea física, psicológica, económica, política ... ) e
implica la existencia de un "arriba" y un "abajo",
reales o simbólicos, que adoptan habitualmente la forma de roles complementarios:
padre-hijo, hombre-mujer, maestro-alumno, patrón-empleado, joven-viejo,
etc. En un sentido restringido, "podemos localizar
nuestra observación en las conductas violentas, cuando nos ubicamos
en el nivel de las acciones individuales.
El empleo de la fuerza se constituye, así, en un método posible
para la resolución de conflictos interpersonales, como un intento
de doblegar la voluntad del otro, de anularlo, precisamente, en su
calidad de "otro". La
violencia implica una búsqueda de eliminar los obstáculos que se oponen
al propio ejercicio del poder, mediante el control de la relación
obtenido a través del uso de la fuerza”[3] Para que la conducta violenta sea posible, tiene
que darse una condición: la existencia de un cierto desequilibrio
de poder, que puede estar definido culturalmente, definido por el
contexto u obtenido a través de maniobras interpersonales de control
de la relación. El desequilibrio de poder puede ser permanente
o momentáneo: en el primer caso, la definición de la relación está
claramente establecida por normas culturales, institucionales, contractuales,
etc.; en el segundo caso, se debe a contingencias ocasionales. La conducta violenta, entendida como el uso de
la fuerza para la resolución de conflictos interpersonales, se hace
posible en un contexto de desequilibrio de poder, permanente o momentáneo. En el ámbito de las relaciones interpersonales,
la conducta violenta es sinónimo de abuso de poder, en tanto y en
cuanto el poder es utilizado para ocasionar daño a otra persona. Es por eso que un vínculo caracterizado por
el ejercicio de la violencia de una persona hacia otra, se denomina
relación de abuso. Se considera a la violencia como una situación
en la alguien con más poder abusa de otra con menos poder. El término violencia familiar, alude a todas
las formas de abuso que tiene lugar en las relaciones entre miembros
de la familia. La relación
de abuso es aquella en la que una de las partes ocasiona un daño físico
y/o psicológico a otro miembro, pudiendo darse este daño por acción
o por omisión. Para establecer un diagnóstico de violencia familiar,
la relación de abuso debe ser crónica o recurrente, e instalarse como
una modalidad vincular habitual entre por lo menos dos miembros de
la familia. A partir de los estudios estadísticos[4]
se observa que un 50% de la población sufre o ha sufrido alguna forma
de violencia familiar. Generalmente
en las familias en las que aparece la violencia familiar existe una
organización jerárquica fija o inamovible.
Además, sus miembros interactúan rígidamente, no pueden recortar
su propia identidad, debiendo ser y actuar como el sistema familiar
se los impone. Las personas sometidas a situaciones crónicas
de violencia familiar presentan un debilitamiento de sus defensas
físicas y psicológicas, lo que conduciría a un incremento de los problemas
de salud. Muchos padecen de depresión y enfermedades
psicosomáticas. También estas
personas muestran una disminución marcada en el rendimiento laboral[5] . En los
niños y adolescentes tienen problemas de aprendizaje, trastornos de
conducta y dificultades en sus vínculos interpersonales.
Los niños que fueron víctimas de violencia o que se criaron
dentro de este contexto tienden, por lo demás, a reproducirlos en
sus futuras relaciones. Cuando un hombre y una mujer conforman una pareja
se produce el encuentro de las historias individuales y su interpretación.
Cada uno llega con un bagaje propio de valores y creencias
acerca de los conceptos "pareja" y "familia".
Poco a poco la pareja construye un paradigma propio, es decir,
un conjunto de premisas compartidas que emplearán para dar cuenta
del mundo y coordinar sus actividades, recortando así, su sentido
de identidad familiar. Las personas interactúan en congruencia con su
paradigma, y su vida en común evoluciona en forma coherente. Pero a veces, la suma de ciertos procesos acaba
con el funcionamiento coherente y equilibrado. Es en estos momentos cuando se empieza a desdibujar
la identidad de la familia. Sus
miembros actúan de modo descoordinado, hay una distorsión de la comunicación,
los valores y creencias son cuestionados. La familia empieza a funcionar con predominio
de desorden y comienza a haber situaciones que exceden su límite de
tolerancia. Los integrantes
de la familia han entrado en lo que comúnmente se denomina una "crisis". Esta crisis se va a caracterizar por estados
de confusión, desorganización y caos.
Es inminente un cambio significativo.
Los chinos describen la palabra crisis con dos ideogramas,
uno significa el "peligro", y "oportunidad". El peligro está en la adopción de actitudes o soluciones que lleven
a la pérdida. La oportunidad
está en la posibilidad de encontrar alternativas que conduzcan al
crecimiento, aun en medio del dolor.
Toda crisis es una oportunidad que encierra peligro. Conflicto familiar y violencia familiar Es necesario distinguir entre conflicto familiar
y la violencia familiar. Comportamientos
normales como discusiones, peleas, controversias no conducen, necesariamente
a comportamientos violentos para su resolución. El conflicto refiere a factores que se oponen
entre sí. Los conflictos interpersonales
surgen de la interacción social como expresión de la diferencia de
intereses, deseos y valores de quienes participan en ella. El conflicto se encuentra en cualquier interacción
humana. Hay autores que consideran necesario al conflicto,
porque es un factor de crecimiento, y su resolución implica un trabajo
orientado a la obtención de un nuevo equilibrio más estable y superior
que el anterior. Dado que la presencia de conflictos en las relaciones
interpersonales es inevitable, en lo que nos tenemos que detener es
en el método utilizado para su resolución.
No es difícil diferenciar el conflicto resuelto mediante la
puesta en juego de conocimientos, aptitudes y habilidades comunicativas,
y otro que se resuelve mediante el ejercicio de poder y de autoridad. La agresividad da cuenta de la capacidad humana
para oponer resistencia, incluye aspectos fisiológicos, conductuales
y vivénciales. La agresión
puede adoptar diferentes formas, motoras, verbales, gestuales, posturales. Toda conducta agresiva tiene un origen (agresor)
y un destino (agredido). Para
que una conducta se considere como agresiva debe tener el requisito
de la intencionalidad, es decir la intención por parte del agresor
de ocasionar un daño. Se podría decir que, una persona agresiva es
aquella que tiende a percibir los datos de la realidad como provocadores
y amenazantes, y frente a tal construcción cognitiva reacciona con
conductas de ataque y defensa. La violencia implica el uso de fuerza (psicológica,
física, económica) para producir daño. También es considerada una forma de ejercicio de poder. Implica una búsqueda de eliminar los obstáculos
que se oponen al propio ejercicio de poder, mediante el control de
la relación obtenido mediante el uso de la fuerza. Para que exista la conducta violenta tiene que existir un desequilibrio
de poder, que puede ser permanente o momentáneo. En resumen, se podría definir la violencia familiar
como toda acción u omisión cometida en el seno de la familia por uno
de sus miembros, que menoscaba la vida o la integridad física, o psicológica,
o incluso la libertad de otro de sus miembros, y que causa un serio
daño al desarrollo de su personalidad. Tipos de violencia familiar La violencia familiar se expresa a través del
maltrato[6]
, entendido este como cualquier comportamiento por acción u omisión,
de carácter intencional que provoca un daño físico o psíquico en otro
miembro de la familia. Especialmente
importante es el maltrato sexual, razón por la cual podemos identificar
tres grandes modalidades de ejercicio de la violencia familiar:
·
El maltrato psíquico ·
El maltrato sexual En cualquiera de los tres casos, el maltrato
puede estar dirigido a diferentes miembros de la familia, de donde
también puede hablarse de maltrato conyugal (hacia el cónyuge) y maltrato
filial (hacia los hijos). 1) Maltrato físico.- Se refiere a cualquier lesión
infligida (hematomas, quemaduras, fracturas, lesiones de cabeza, envenenamientos),
que no sea accidental y provoque un daño físico o una enfermedad.
Puede ser el resultado de uno o dos incidentes aislados, o
puede ser una situación crónica de abuso. Por ejemplo, los signos de abuso físico en un
niño pueden ser cicatrices, marcas de quemaduras, fracturas inexplicables
o marcas de mordeduras de la medida de un adulto. Particularmente importantes son aquellos signos para los cuales
no se encuentra explicación, o bien, cuando hay contradicción entre
el relato de los padres y las lesiones del niño. El maltrato físico, tanto hacia niños como hacia
cónyuges no se asocia a ningún grupo étnico, sino que se manifiesta
en todas las clases sociales, religiones y culturas. No hay una situación específica que lo determine, sino un conjunto
de factores que predisponen a que ocurra tales como baja autoestima
y necesidad de control sobre los demás. Los niños que han sido maltratados, necesitan
ayuda psicológica para no repetir el esquema de abuso a otras personas. Otra modalidad es el abandono físico, que es
un maltrato pasivo donde las necesidades físicas del niño como alimentación,
abrigo, higiene y protección no son atendidas en forma temporaria
o permanentemente por ningún miembro del grupo que convive con el
niño. 2) Maltrato psíquico.- Generalmente se presenta
bajo las formas de hostilidad verbal, como por ejemplo insultos, burlas,
desprecio, criticas o amenazas de abandono.
También aparece en la forma de constante bloqueo de las iniciativas
de la víctima por parte de algún miembro de la familia. Los padres muchas veces abusan emocionalmente
de sus hijos invocando buenas intenciones, como por ejemplo cuando
quieren que ellos sobresalgan en el colegio, en el deporte o en la
vida social. Pero a partir de esas buenas intenciones pueden
presionarlos o avergonzarlos al punto de crearles un sufrimiento emocional
crónico. También, el abandono emocional puede instalarse
pasivamente, cuando no se brinda al niño el afecto, el apoyo y la
valoración que necesita para crecer psicológicamente sano. Se refiere a la falta de respuesta a las necesidades
de contacto afectivo del niño, o una constante indiferencia hacia
sus estados anímicos. Permitir que los niños sean testigos de situaciones
de violencia es también violencia.
Los niños que presencian situaciones crónicas de violencia
entre sus padres tienen trastornos muy similares[7]
a los que caracterizan a quienes son víctimas de abuso. Algunos indicios en el niño de abuso emocional
pueden ser: extremada falta de confianza en sí mismo, exagerada necesidad
de ganar o sobresalir o conductas de agresividad o pasividad. 3) Maltrato sexual.- Se lo podría definir como
el tipo de contacto sexual forzado por parte de un adulto o tutor
hacia los niño de la familia, o de un cónyuge hacia el otro, con el
fin de obtener excitación y/o gratificación sexual. En el primer caso se implica a niños -dependientes
e inmaduros en cuanto a su desarrollo- en actividades sexuales que
no comprenden plenamente y para los cuales son incapaces de dar su
consentimiento. La intensidad del abuso puede variar desde la
exhibición sexual a la violación.
De todas las formas de abuso, el sexual es el más difícil de
reconocer y aceptar. A partir
de los estudios estadísticos, se observa que una de cada cuatro niñas
y que uno de cada ocho niños serán sexualmente abusados antes de llegar
a los 16 años. En más del 90% el abusador será masculino y
en más del 80% de los casos el abusador será una persona conocida
del niño. Los signos de abuso sexual en niños o adolescentes
son: llanto fácil sin ningún motivo, cambios bruscos en la conducta
escolar, llegar temprano a la escuela y retirarse tarde, ausentismo
escolar, conducta agresiva, depresión crónica, conocimientos y conductas
sexuales inapropiadas para la edad, irritación, dolor o lesión en
la zona genital, y temor al contacto físico. En la mayoría de los casos los niños nunca comunican
lo que está ocurriendo. Los
niños no inventan historias acerca de su propio abuso sexual, por
eso en la medida que el niño se anima a decirlo, resultará preciso
creerles. Violencia conyugal Importa para la temática de esta tesina la consideración
de la violencia conyugal, que puede incluir, al igual que la violencia
de padres hacia hijos o violencia parental, los aspectos de maltrato
físico, psíquico y/o sexual. Este tipo de violencia es difícil que se haga
visible hacia los demás, lo que ocurre recién cuando hay daños graves
físicos o psicológicos. La violencia conyugal tiene un ciclo de tres
fases. En la primera fase, denominada "fase de
acumulación de tensión" se produce una sucesión de pequeños episodios
que llevan a roces permanentes en los miembros la pareja, con un incremento
constante de ansiedad y hostilidad.
El hombre y la mujer se encierran en un circuito en el que
están mutuamente pendientes de sus reacciones. La tensión alcanza su punto máximo y sobreviene la segunda fase, denominada "episodio agudo", en la que toda la tensión que se había venido acumulando da lugar a una explosión de violencia, que puede variar en gravedad, oscilando desde un empujón hasta el homicidio. Se caracteriza por el descontrol y la inevitabilidad de los golpes. Las mujeres se muestran sorprendidas frente al hecho que se desencadena de manera imprevista ante cualquier situación de la vida cotidiana. En la tercera fase, denominada "luna de
miel", se produce el arrepentimiento, pedido de disculpas y promesa
de que nunca más va a ocurrir por parte del hombre.
Pero al tiempo vuelve a reaparecer los períodos de acumulación
de tensión y se reinicia el ciclo. Otro aspecto de la violencia conyugal se relaciona
con la intensidad creciente de violencia. En la primer etapa, la violencia es sutil, toma forma de agresión
psicológica. Por ejemplo,
implica lesiones en la autoestima de la mujer, ridiculizándola, agrediéndole
emocionalmente, ignorándola, riéndose de sus opiniones, etc.
Si bien las consecuencias de este tipo de violencia no son
visibles, provocan en la víctima un debilitamiento de las defensas
psicológicas, y la víctima puede empezar a ser más introvertido y
a deprimirse. En un segundo momento aparece la violencia verbal,
que refuerza la violencia psicológica.
El agresor comienza a denigrar a la víctima poniéndole sobrenombres
descalificantes, insultándola, criticándole el cuerpo, amenazándole
con agresión física u homicidio, ridiculizándola en presencia de otras
personas, gritándole y culpándola de todo.
De esta manera, el agresor va creando un clima de miedo constante. Luego comienza la violencia física, comienza
con apretones, pellizcones, sigue con cachetadas, hasta llegar a las
trompadas y patadas. Luego
más tarde comienza a recurrir a objetos para provocarle daño y en
medio de ésta agresión le exige tener contactos sexuales.
Esta escalada creciente puede terminar en homicidio o suicidio,
siendo la única manera de cortar con este ciclo de violencia creciente,
es a través de la intervención de un tercero externo a la pareja. Violencia parental La violencia parental es otra de las dimensiones
de la variable violencia familiar. La violencia parental es definida como la violencia
ejercida por los padres hacia sus hijos, y abarca un amplio espectro
de comportamientos que se extienden desde la simple acción por omisión
(no preocuparse por los hijos) hasta el filicidio. Erikson plantea que la adultez, una de las ocho
etapas del ciclo vital humano, se caracteriza normalmente por la generatividad
y el cuidado de la prole. La
generatividad es, en esencia, la preocupación por establecer y guiar
a una nueva generación. El
concepto de generatividad incluye sinónimos tales como productividad
y creatividad, que no pueden reemplazarlo.
La generatividad constituye una etapa esencial en el desarrollo
psicosexual y psicosocial. El cuidado implica proteger aquello que sea ha
creado: hijos, ideas, etc. La
especie humana es la única capaz de enseñar, función posibilitada
por la cualidad del cuidado. El
cuidado se define como la preocupación cada vez más amplia por lo
fue generado por el amor, la necesidad o el accidente.
Cuidar es enseñar, incluso para la realización de la identidad. Así, nos dice Erikson que "generatividad
es, en primera instancia, el interés en establecer y guiar a la próxima
generación o a quienquiera que sea que en un caso dado pueda convertirse
en el objeto absorbente de una clase de responsabilidad de los padres.
Cuando este enriquecimiento falla, tiene lugar
una regresión de la generatividad hacia una obsesiva necesidad de
seudointimidad, enfatizada por momentos de mutua repulsión, y a menudo
con un sentido penetrante (y Pruebas objetivas) de estancamiento individual
y empobrecimiento interpersonal"[8]. La generatividad significa "un interés vital,
fuera del hogar, en crear y guiar a la generación incipiente o en
mejorar la sociedad. Los que
no tienen hijos pueden ser generativos; sin embargo, los adultos que
sólo viven para satisfacer sus necesidades personales y adquirir comodidad
y diversión para sí mismo están comprometidos en la autoabsorción
que el estancamiento implica. Estos
años comprenden las décadas intermedias de la vida". "El adulto que no tiene interés el dirigir
o dar seguridad a la generación incipiente, es probable que busque
obsesivamente una intimidad que no sería auténtica. Este tipo de personas pueden casarse e incluso tener hijos, pero
todo dentro de un capullo de autointerés y aislamiento. Estas personas se miman a sí mismas como si
fueran niños, convirtiéndose en inválidos psicosomáticos"[9] Sin embargo, las consecuencias no las sufre el
adulto, sino también el hijo del cual no se ocupan. Sobre este punto a insistido más otro autor, Bowlby[10],
quien en su libro "Una base segura" destaca la importancia
de poder satisfacer en el niño sus necesidades de sentirse seguro
y protegido, de contar con un adulto que pueda proporcionarle seguridad
en las situaciones de peligro. Podemos hablar de violencia parental en otros muchos casos, como por ejemplo cuando los padres no satisfacen en el niño sus necesidades de admirar o de sentirse admirados, como ha destacado Kohut[11]. Las consecuencias pueden ser un trastorno narcisista de la personalidad, donde la persona no puede establecer un balance narcisista equilibrado, resultando un serio déficit de autoestima que muchas veces se intenta compensar con un exacerbado narcisismo. El estrés familiar Frecuentemente, la violencia familiar resulta
ser el producto de situaciones familiares estresantes. Estrés es un término general que designa una
agresión, una acción violenta ejercida sobre el organismo, un ruido
violento, una frustración importante, una pérdida, un choque emocional,
siendo todos ellos factores estresantes.
El estrés implica una amenaza o exigencia que de alguna manera
excede a nuestra capacidad para lidiar con ella. A partir de aquí, se puede definir el estrés
familiar por las alteraciones de las funciones básicas de la familia:
en vez de colaboración, coparticipación, estímulo, apoyo, crítica,
encontramos competencia, dominio, exigencia, desvalorización, descalificación. Esto genera un ámbito de inseguridad, lucha
y peligro constante. Se está
siempre expuesto al ataque, ("me cayó como un balde de agua fría"),
y no se sabe como responder. Y al pasar el tiempo se ve que los integrantes
optan por huir del hogar, otros por la inactividad y el mutismo, es
decir, el comportamiento abúlico. El disparador, es decir, el factor estresante
puede ser cualquier integrante, en forma fija o rotativa. En algún momento va a aparecer una palabra,
un gesto, un hecho cuya respuesta adecuada no es posible y cada uno
lo hace en su estilo: ataque, parálisis, escape, alianza con otro/s. Las reacciones, gratificantes o displacenteras,
son imprevisibles. El diálogo
no existe o es incoherente. Se
vive en clima de amenaza constante. El circuito comienza en cualquier punto, produciendo
el efecto de "bola de nieve", y los distintos miembros de
la familia comienzan a sufrir: ansiedad y/o depresión, violencia,
intranquilidad, aislamiento, huida del hogar, actividades compasivas,
enfermedades etc. Hay familias con características de relación
e individuales que las torna proclive a “contraer" el estrés
familiar. Malestar que comienza y se cronifica en un
aumento crecientemente alarmante.
Y esto se explica muy especialmente por la realidad socio -
económica que nos toca vivir en las últimas décadas. Tratamiento En la terapia familiar en acento recae sobre
el actuar y dramatizar los estados emotivos y conflictivos en el presente,
para verificar diferentes posibilidades de cambio en el interior del
sistema familiar. El terapeuta
trata que la familia se comporte dentro de la sesión de la misma manera
que lo hacen en su casa. El
terapeuta consigue que los miembros de la familia interactúen, para
discutir problemas que consideran disfuncionales y puedan zanjar desacuerdos. Durante la terapia se va construyendo una nueva
historia, en la que se plantean los límites individuales mediante
un intento de redefinición de las respectivas funciones y de los espacios
personales. El terapeuta representa
el nuevo nexo que hace de catalizador en la búsqueda de nuevos itinerarios
relacionases. Las mujeres víctimas de maltrato o violadas pueden
participar de terapia individual o grupal.
La finalidad de estas terapias en estos casos es lograr que
se sientan supervivientes y no víctimas o humilladas.
La terapia le va a permitir: 1. Manejar el trauma. 2. Establecer una sensación de control sobre
su cuerpo. 3. Mejorar la autoestima. 4. Dejar de sentirse solas y aisladas. 5. La terapia de grupo brinda el mejor sistema
de apoyo, permitiendo compartir el trauma, establecer buenas relaciones
con los otros miembros del grupo. 6. Aleja los sentimientos de desesperanza y vergüenza. 7. Aumentar el sentimiento de autoeficacia. 8. En el caso de las mujeres maltratadas, además,
ayuda a la mujer a ser independiente de su marido. Protección contra la violencia familiar En diciembre de 1994 en Congreso sancionó la
Ley 24.417 sobre la protección contra la violencia familiar[12].
Esta ley es una norma de procedimiento lo que significa que no se
aplica en las provincias. La Ley permite que cualquier persona que ha sufrido
maltrato o lesiones físicas de los integrantes de un grupo familiar,
denuncie los hechos ante el juez de familia y solicite a éste que
tome medidas cautelares conexas. Estas medidas cautelares se refieren al pedido
de exclusión del agresor de la vivienda familiar, la prohibición de
que acceda al domicilio, lugar de trabajo o estudio de la víctima,
y por último el reintegro de la víctima, con exclusión del agresor. La duración de éstas medidas serán establecidas por el juez que
entienda en la causa. En el caso de que las víctimas de violencia fueran
menores o incapaces, la ley establece la obligación de denunciar y
ella recae sobre los representantes legales (padres, tutores, guardadores),
y sobre le Ministerio Público. También
están obligados a denunciar los integrantes de servicios públicos
o privados, y profesionales de la salud. Evaluación de la importancia internacional del
problema El problema
de la violencia doméstica "ingresa al temario de los organismos
internacionales en el transcurso de la última década.
La ONU, en su Asamblea General de noviembre de 1985, abordó
el tema de la violencia en el hogar"[13]
. Con ello, retomaba una Resolución del Consejo Económico y Social
de la misma organización, encuadrando el punto debatido en sus actividades
sobre la prevención de la criminalidad, por un lado, y en las del
Decenio en favor de la mujer, cuya culminación fue la reunión de Nairobi
en 1985, por otro. El mismo año, el Comité de Ministros del Consejo
de Europa adopta una Recomendación similar y paralela a la anterior,
pero centrada en el ámbito europeo.
En diciembre de 1986 se reúne en Viena un grupo de expertos
para tratar la violencia en el hogar y sus efectos en las mujeres,
del cual surge un documento que contiene recomendaciones a escala
internacional, regional y nacional. En 1986, la 23era. Asamblea de Delegadas de la Comisión Interamericano de Mujeres,
de la OEA comenzó el análisis de la violencia que afecta a la mujer,
aprobando un importante plan de acción contenido en la Resolución
103186. En noviembre de 1987 se reúne en Estrasburgo,
organizado por el Consejo de Europa, un Coloquio sobre la Violencia
en el seno de la Familia, precedido por un conjunto de informes nacionales
de los Estados miembros. En 1990, la 250 Asamblea de Delegadas de la Comisión
Interamericano de Mujeres de la OEA aprueba las Conclusiones y Recomendaciones
de la Consulta Interamericana sobre Mujer y Violencia. En el Octavo Congreso de las Naciones Unidas
sobre Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente (La Habana,
1990), se retoman las Recomendaciones de 1985 y se encomienda al Departamento
de Justicia de Canadá la confección de un manual para quienes trabajan
en el campo de la violencia doméstica. En la Conferencia lnterparlamentaria de Pyongyang,
en 1991, se adoptó por unanimidad una recomendación acerca de las
Políticas para eliminar la violencia hacia los niños y las mujeres. A partir de las recomendaciones globales, se
han generado numerosos encuentros regionales, tendientes a discutir
políticas en torno al problema. Así
por ejemplo, en marzo de 1992 se realizó en Managua el Primer Seminario
Subregional sobre Violencia contra la Mujer, organizado por el Programa
Mujer, Salud y Desarrollo de la Organización Panamericana de la Salud,
en el que quedó definido el tema de la violencia contra la mujer como
un problema de Salud Pública. Si bien la precedente enumeración no agota las
referencias a los múltiples encuentros internacionales, regionales
y locales que en la última década han generado documentos sobre el
problema de la violencia doméstica, pretende subrayar su dimensión
política y universal y, al mismo tiempo, instar a los Estados a que
tomen en cuenta las sucesivas y reiteradas recomendaciones que los
distintos organismos internacionales, regionales y locales han formulado. Para comprender acabadamente los fundamentos
de tales recomendaciones, se hace necesario avanzar en la investigación
y el conocimiento de los diversos contextos en los que se hace posible
la violencia hacia la mujer en el ámbito doméstico[14]. Abulia La abulia es "ante todo una alteración de
la actividad voluntaria, y más concretamente de su fase preliminar
donde aparecen perturbado el deseo o la decisión de llevar a cabo
una acción"[15]
. La abulia implica una disminución de la energía
de la voluntad: al abúlico le falta voluntad para hacer las cosas,
dando la impresión de estar siempre cansado.
Suele ser un síntoma de la depresión y se expresa por el que
lo siente como "...soy incapaz de hacer nada a pesar de quererlo." Debe tenerse en cuenta que el acto voluntario
en su complejidad "comprende dos partes fundamentales: a) la
primera es el periodo de elaboración consiente del acto, desde la
iniciación del deseo hasta la decisión voluntaria.
Se llama también acción implícita o conación; b) la segunda
corresponde a la ejecución del acto o acción implícita"[16] Betta distingue, dentro de las alteraciones de
la primera parte del acto voluntario, y desde un punto de vista cuantitativo,
tres categorías: la abulia, hipobulia y la hiperbulia. a) Abulia.-
Desde la semiología psiquiátrica, la abulia puede ser definida
conceptualmente como "la falta absoluta de voluntad, la carencia
de deseos y decisiones donde la afectividad deja de ser fuente de
deseos, el pensamiento se apaga y la voluntad se inhibe" [17] Existe una abulia constitucional, propia de las
personas que llegan al mundo insuficientemente dotadas de deseos y
reacciones volitivas. Esta
abulia constitucional no será considerada en esta investigación, porque
cuanto nos interesa la abulia como efecto de un factor ambiental,
no genético, que es la violencia familiar. Dentro de la abulia, existen distintas modalidades
patológicas: la abulia neurasténica, la abulia esquizofrénica, la
abulia melancólica y la abulia catatónica. La abulia neurasténica no tiene su origen en
la falta de deseos sino en no poder tomar decisiones para actuar. Luego de una serie de titubeos y dudas, la
decisión no se concreta porque hay una resistencia invencible que
angustia al enfermo, impidiéndole la ejecución del acto. En el caso de la abulia de los esquizofrénicos,
la gran indiferencia afectiva de estos enfermos produce carencia de
deseos e intenciones. Sin
embargo, s surge algún deseo con suficiente intensidad puede llegar
a ejecutarse la acción correspondiente. La abulia de los melancólicos se caracteriza
porque si bien existen impulsos para actuar, esos impulsos mueren
a poco de nacer porque se les opone un intenso sentimiento de impotencia
e incapacidad que impide llegar a la decisión y la ejecución. En la abulia de los catatónicos, los mecanismos
motores se hallan requeridos por tendencias opuestas que se neutralizan,
como ocurre por ejemplo en el negativismo.
Toda tentativa de actuar, espontánea o sugerida, genera automáticamente
la tendencia al acto contrario, con lo cual esta abulia es ambivalente
(quiero y no quiero). b) Hipobulia.-
Disminución de la actividad voluntaria.
En realidad es un grado menor que la abulia, y se manifiesta
en los mismos enfermos considerados en la abulia. c) Hiperbulia.-
Aumento de la actividad voluntaria,
con lo que se obtiene mayor eficacia y rendimiento en las acciones.
Así considerada, la hiperbulia es normal y caracteriza a los
sujetos emprendedores y Luchadores.
La hiperbulia sólo es patológica cuando engendra actos inadecuados
a las normas de convivencia: en a excitación maníaca, y en los delirantes
que llegan a ejecutar actos delictuosos. A los efectos de la presente investigación, categorizaremos
la abulia de la siguiente manera: |